Una amiga “aventurera” me envio esto por Facebook… me parecio muy interesante y me sentí muy identificado, pero claro… hay una trastienda tras todo lo idílico.
Tambien habría que preguntarse, y seguramente no, que hay mas opciones validas de enamorarse.
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LO que cuesta cambiar…..La vuelta al mundo
Por Calle 13
No me regalen más libros
Por que no los leo
Lo que he aprendido
Es porque lo veo
Mientras más pasan los años
Me contradigo cuando pienso
El tiempo no me mueve,
Yo me muevo con el tiempo
Soy las ganas de vivir,
Las ganas de cruzar
Las ganas de conocer
Lo que hay después del mar
Yo espero que mi boca nunca se calle
También espero que las turbinas de este avión
Nunca me fallen
No tengo todo calculado,
Ni mi vida resuelta
Solo tengo una sonrisa
Y espero una de vuelta
Yo confío en el destino
Y en la marejada
Yo no creo en la iglesia
Pero creo en tu mirada
Tú eres el sol en mi cara
Cuando me levanta
Yo soy la vida que ya tengo
Tú eres la vida que me falta
Asi que agarra tu maleta,
El bulto, los motetes
El equipaje, tu valija,
La mochila con todos tus juguetes.
Y! Dame la mano
Y vamos a darle la vuelta al mundo
Darle la vuelta al mundo
Darle la vuelta al mundo
Dame la mano
Y vamos a darle la vuelta al mundo
Darle la vuelta al mundo
Darle la vuelta al mundo
La renta, el sueldo,
El trabajo en la oficina
Lo cambié por las estrellas
Y por huertos de harina
Me escapé de la rutina
Para pilotear mi viaje
Por que el cubo en el que vivía
Se convirtió en paisaje
Yo! era un objeto
Esperando a ser ceniza
Un día decidí
Hacerle caso a la brisa
A irme resbalando detrás de tu camisa
No me convenció nadie
Me convenció tu sonrisa
Y me fui tras de ti
Persiguiendo mi instinto
Si quieres cambio verdadero
Pues, camina distinto
Voy escaparme hasta la constelación mas cercana
La suerte es mi oxigeno
Tus ojos son mi ventana
Quiero correr por siete lagos
En un mismo día
Sentir encima de mis muslos
El clima de tus nalgas frías
Llegar al tope de la tierra.
Abrasarme con las nubes
Sumergirme bajo el agua
Y ver como las burbujas suben
Y! Dame la mano
Y vamos a darle la vuelta al mundo
Darle la vuelta al mundo
Darle la vuelta al mundo
Dame la mano
Y vamos a darle la vuelta al mundo
Darle la vuelta al mundo
Darle la vuelta al mundo
A LOST WAR?

I like this sculture because for my, It represent some parts of my life….
USA …. reality?
Realmente esta poca semana que llevo viviendo aqui en Washinton no se si estoy viviendo un reality o no. Los prejuicios que tenia sobre este pais se me van desmontando uno tras otro tal vez porque lo estoy viendo desde un punto de vista turístico, invitado o llamelo como quieran, pero muchos no tienen razon de ser.
El que quieras cambiar tu dinero de euros a dolars y entres en tres bancos para conseguirlos pero en ninguno te ponen una mala cara, sino al contrario una gran sonris y encima te quieran invitar a café… pese a mi mal inglés, me sorprende mucho. Creo que el servicio a los demas, a la comunidad esta presente en todo este país… todos son voluntarios de todo…. de ayuda a animales, de limpieza de parques, de arreglar carreteras, de…. yo que sé. Como si «mama» estado no estuviera presente, y quizás por eso comprendo que aquí se paguen menos impuestos, porque gran parte de las necesidades comunitarias estan cubiertas por otro lado…
Y es bueno o es malo ?……pues no lo sé, pero si se que me gustaria vivir en un sitio donde el trabajo voluntario se vea como algo normal y no como un: que hacen esos locos recogiendo papeles del campo.
Por cierto…. colgué esta foto en mi waps… y la respuesta fue: …. y no se los llevaban todos?
Llamalo como quieras….pero
Enamorarte de un corredor puede ser muy peligroso. Si no quieres una vida intensa, emocionante, llena de retos y de energía, mejor no te enamores de un corredor.
No te enamores de un corredor si no quieres una persona dedicada, determinada y comprometida al lado de ti. No te enamores de él, si no puedes dar lo mismo tú, porque los corredores saben comprometerse, saben conquistar una meta y saben que tienen que trabajar para lograrla.
No te enamores de un corredor si no te gustan las personas orientadas a resultados, que saben planear y que tienen un gran control mental. No te enamores de él, si no sabrás respetar sus prioridades, si no sabrás apoyar su pasión y no querrás cambiar una desvelada por una desmañanada para echarle porras.
No te enamores de un corredor si no sabes disfrutar un paisaje en silencio, sólo respirando. Mucho menos te enamores de él si es maratonista. Eso te obligaría a sacrificarte con increíbles cenas llenas de carbohidratos y pasada su competencia, tendrías que lidiar con alguien que cree que lo puede lograr cualquier cosa en la vida -y en realidad sí puede-. Ten cuidado, los maratonistas no pueden correr sólo uno y terminarás viajando con él para echarle porras en diferentes lugares.
Correr es adictivo, los corredores son adictos a las endorfinas, si te gusta el drama y no quieres a alguien que sepa enfrentar un problema en calma, alguien que sepa tomar la vida con filosofía, pero que se reta a si mismo y que le gusta ser exitoso, entonces, no te enamores de un corredor. No te enamores de él, sabe llorar ante la felicidad y ante el fracaso.
Los corredores piensan con claridad – la mayor parte del tiempo – y después de correr tendrán muchas más ideas para resolver un problema de las que se te puedan ocurrir a ti. Correr regularmente ayuda a tener un mejor estado de ánimo y calmar la ansiedad, además mejora la memoria, un corredor no va a olvidar nunca tu aniversario. Huye de él si tú vives en el estrés, porque si no lo haces tú, es muy probable que él sí salga corriendo.
Los corredores tienen resistencia mental y física. Un estudio de la Universidad de Harvard demostró que los hombres mayores de 50 años que corren por lo menos tres horas a la semana reducen en 30% el riesgo de tener impotencia vs. los que hacen poco o nada de ejercicio. Punto para los corredores.
Con un corredor corres el riesgo de tomar muchos riesgos y generar una adicción a ambas cosas, a los riesgos y al corredor.
Con conocimiento de causa te advierto, que si no quieres todo eso, y no quieres ser inmensamente feliz, entonces, ¡huye! ¡aléjate del corredor! De lo contrario, te vas a contagiar y entonces sí qué peligro: correrás, sonreirás, viajarás, llorarás y todo te parecerá más fácil. Por si fuera poco, si te contagia y corren juntos, las endorfinas lo harán creer que eres el ser más hermoso sobre la tierra, aún cuando estés en tu peor look.
Pedacitos…
Por Luis Lopez
Margarita no es el tipo de mujer que le coge pena a los hombres. Durante nuestros quince meses de noviazgo había comenzado a sospecharlo. Pero la certeza –la terrible, insoportable evidencia– la tuve la noche en que fulminó nuestra relación en la misma puerta de su casa. No fue sutil, no paseó por las ramas. Me dijo:
–Gustavo, lo nuestro se acabó. No quiero verte más la cara.
Así dijo. ¿Sintió compasión por mí? Ninguna. Su rostro seguía duro, impenetrable, a pesar de nuestros quince meses de cines, restaurantes, paseos, librerías y amor. A pesar de las muchas noches en que me había prometido: “Gustavo, seré tuya para siempre”. Pero de pronto era como si no me conociera, como si nunca jamás hubiera estado en mis brazos. Con sus bruscas palabras me dejó el corazón hecho pedazos. Y a pesar de mi evidente desesperación, no hizo gesto alguno por ayudarme a recoger los blandos trozos de corazón dispersos por el suelo.
Yo había dado un rápido salto hacia atrás, como la gente que pierde un lente de contacto. Me puse de rodillas y le dije:
–Margarita, mi corazón, ayúdame a recoger los pedazos.
¿Qué hizo la hermosa Margarita? ¿Qué exactamente hizo esta mujer que semanas antes, mientras me abrazaba, me había susurrado al oído: “Sin tu amor soy un pájaro sin alas”?
Me cerró la puerta en la cara. Eso hizo.
Y ahí quedé de rodillas, en el suelo, frente a los pedazos dispersos de mi corazón destrozado. El espectáculo me impresionó de tal manera que aún lo llevo grabado en la memoria: sobre los escalones de mármol blanquísimo yacían los pedazos tintos y aún palpitantes de un corazón que, a pesar del maltrato recibido, todavía no se resignaba a perder el amor de Margarita.
Saqué mi pañuelo almidonado y lo abrí con cuidado sobre el mármol. Recogí cada trozo tibio con esmero, uno por uno. Lo pillaba entre el pulgar y el índice de mi mano derecha, la más diestra; lo llevaba hasta el montículo que empezaba a crecer en el centro del blanco pañuelo y lo soltaba. Así recogí todos los fragmentos, y al concluir mi labor la miré con orgullo y me dije: “He aquí los pedazos de mi corazón”. Envolví mi obra con el pañuelo, hice un pequeño nudo y me lo eché en el bolsillo del gabán.
No me atrevía a montarme en el carro. Estaba un poco mareado, me faltaba el aire, la cabeza la sentía muy liviana. De ocurrirme, en esas condiciones, un accidente, ¿cómo explicarles a los policías que no estaba borracho ni drogado sino que tenía el corazón hecho pedazos?
Toqué varias veces en la puerta de Margarita, quien había sido la mujer de mi vida hasta unos minutos antes, pero esa bestia –me cuesta usar la palabra, pero no hay otra– esa pájara ya estaba bajo la ducha o encerrada en su cuarto con la música a todo volumen. Ya se había olvidado de mí.
Comprendí lo serio de mi caso: era una verdadera emergencia. Por ello decidí buscar ayuda oficial. Saqué el celular del bolsillo de mi pantalón y marqué el 911.
–Emergencias médicas, diga.
–Necesito ayuda, por favor.
–¿Cuál es la emergencia?
–Tengo el corazón hecho pedazos –dije.
Nada, la imbécil me colgó el teléfono. Volví a marcar.
–Emergencias médicas, diga.
–Mire, es en serio. Necesito ayuda. Tengo el corazón hecho pedazos.
–Pues llame a Notiuno. Si vuelve a llamar, lo arrestamos.
Colgó de nuevo.
¿Qué hacer? Me senté en los fríos escalones de mármol blanco –tan gélidos como su dueña–, reflexioné unos minutos y volví a llamar al 911.
–Emergencias médicas, diga.
–Soy yo de nuevo, el del corazón hecho pedazos. Estoy en la avenida Ponce de León número 900. Manda a la policía porque te seguiré llamando toda la noche, puta.
A los diez minutos llegaron dos patrullas. De la segunda descendió un sargento delgado, de bigote fino, a quien se le notaba de lejos que era un hombre sensible. Quizás, en su tiempo libre, era poeta o compositor de baladas. Les pidió a los demás policías, de aspecto bastante violento, que aguardaran, y caminó sin prisa hasta el mármol en que yo esperaba sentado.
–Buenas noches –dijo. Su semblante era el de un hombre en paz consigo mismo.
–Sargento, gracias por venir.
–¿Cuál es el problema?
–Es que tengo el corazón hecho pedazos y no me atrevo a manejar el carro. Me falta el aire y estoy mareado.
–Señor, ¿no cree que estos asuntos se ventilan mejor con un amigo o sacerdote? El 911 es para emergencias médicas reales.
–Pero es que tengo el corazón hecho pedazos.
–Amigo –dijo el sargento, en tono paciente y comprensivo–, usted no es el primero que sufre una tragedia amorosa. Yo le juré a mi novia que si me abandonaba mi vida sería un continuo ir y venir, un perpetuo vagar sin sentido por el mundo, un purgatorio.
–¿Por eso es policía?
–Por eso. Y vago todo el día por la ciudad, aunque siempre tratando de ayudar a los que, como usted, sufren tragedias amorosas.
–Pero lo mío es más concreto, ¿no cree? Mire.
Saqué del bolsillo el pañuelo, lo abrí con cuidado y le mostré los pedazos de mi corazón. Al sargento se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Perdón, amigo, estuve ciego –dijo con un sollozo–. Es cierto: usted tiene el corazón hecho pedazos. Llamaremos una ambulancia de inmediato.
En menos de treinta minutos la ambulancia me dejó en la sala de emergencias del hospital. Los paramédicos habían colocado los pedazos de mi corazón en una neverita con hielo. El paramédico jefe, muy competente, quería llevarla en la falda, pero yo insistí en transportar mi propio corazón. Por pena, o tal vez porque en realidad no les importaba, me permitieron cargar la neverita.
En la sala de espera me sentaron al lado de una rubia treintona. El pelo lacio, partido a la mitad, le caía sobre los hombros. Llevaba una blusa rosada ceñida al cuerpo y sonreía con dulzura mientras leía una revista. Se notaba que era una mujer comprensiva.
Estuvimos unos minutos sin hablar. Yo no tenía ganas de hacerlo porque no es fácil terminar con un amor de quince meses. Todavía quería a Margarita, a pesar de que me había destrozado el corazón; cuando se sufre de amor no quedan muchas energías para hablar.
Pero la mujer soltó la revista de pronto, cruzó las piernas y se inclinó hacia mí:
–¿Cuál es tu signo? –preguntó.
–Qué importa –exclamé sorprendido.
–Importa mucho –aclaró–. ¿Qué tienes en esa neverita?
–El corazón, lo tengo hecho pedazos –dije–. ¿Y tú?
–Estoy a punto de volverme loca.
–¿Por qué?
–El bandido de mi novio me dejó. Yo se lo había dicho muchas veces: “Si algún día me dejas, el dolor me volverá loca”. Pero no me hizo caso, no le importó un ajo mi salud mental. Eso fue ayer. Hoy amanecí con mucho dolor. Pronto, en horas o tal vez minutos, es obvio que me volveré loca. Quizá tengan que atarme.
–¿Qué te recomiendan?
–Electrochoque. Terapia cognitiva-conductista. Pastillas. Meditación. Dieta macrobiótica vegetariana. Depende del psiquiatra. ¿Y a ti?
–Todavía no me ha visto el médico.
–Bueno, pero lo tuyo es sencillo. A mí me han roto el corazón muchas veces.
–¿Y cómo te curaste?
–El tiempo lo cura todo. Paciencia.
Cuatro meses después había empezado a acostumbrarme a la idea de vivir sin Margarita. Todavía la quería, pero me quedaba muy poquito amor. En escasas horas, tal vez en minutos, emitiría un último suspiro y la olvidaría para siempre. Pero debo admitir que, en cierto modo, soy rencoroso. Margarita ya me importaba poco, cierto, pero sentía ganas de vengarme, de hacerla sufrir como yo había sufrido. ¿Acaso es fácil vivir con el corazón hecho pedazos? ¿Es poca cosa?
Esa noche, pues, fui a la casa de Margarita. Aún tenía las llaves, las cuales esa engreída ni siquiera se había molestado en pedirme de vuelta. Probablemente había cambiado las cerraduras.
Pero no, era la misma. Pude abrir la puerta de la sala. Nadie. En la esquina de la derecha, como siempre, el cono de luz formado por la lámpara que acostumbra dejar prendida cuando está en el cuarto. Entré a la habitación. Nadie. Pero alguien se duchaba en el baño. Me acosté sobre la cama a esperar, con los brazos bajo la cabeza. Me sentía algo arrogante y supongo que mi semblante era el de un envanecido desdeñoso, carcomido por un terrible deseo de venganza. Ya me sentía casi libre de Margarita. Sólo me quedaban pocos minutos de amor y los dediqué a contemplar la decoración del cuarto. No quedaba nada mío: ni una foto, ni uno solo de mis regalos, como si yo no hubiera existido nunca.
Tras una larga espera, salió al fin del baño. Estaba desnuda y tan perfecta como siempre, pero no me afectó su presencia. Era claro que el amor se me escapaba de prisa. Me miró con gesto lacónico, sin expresión ni sorpresa.
–Olvidé pedirte la llave –dijo–. ¿Viniste a traerla?
–A eso –dije–. Y a otra cosa mucho más importante.
–¿A qué? –dijo sin miedo. No estaba preocupada por mi presencia en la habitación. No se molestó en cubrir su relumbrante cuerpo desnudo. Así de poco me respetaba.
–Vine a decirte que me quedan poquitos segundos de amor por ti.
–¡Todavía te quedan! –soltó una carcajada–. Qué lento eres. De todos modos, ¿a mí qué me importa? Deja la llave y vete.
–Sé que no recuerdas lo que me prometiste. Yo mismo he olvidado mucho en estos meses. Pero hay una promesa tuya que no puedo olvidar. Me pareció linda en aquel entonces.
–¿Cuál?
–Me dijiste: “Sin tu amor soy un pájaro sin alas”.
–Pendejadas –dijo ella–. Ahora vete. Pronto vienen a buscarme.
–Antes escucha.
–¿Qué cosa? Hazme el favor y sal de mi casa.
–Espera… escucha… escucha bien…
–¿Qué dices?
–Silencio, ahora… ahora… oye.
–Tonto, qué…
–¡Calla, carajo! Escucha…
De golpe sentí como si una larga aguja me atravesara el pecho desde adentro, una afilada aguja que quería abrirse paso entre mi carne y salir a la libertad. Entonces lo vi. Primero se escuchó un tenue arpegio como de telenovelas: un “tlin tlin” agudo y sostenido. Luego un hilo rojo muy fino, casi invisible, comenzó a salir de mi pecho. Al contacto con el aire, se disolvía.
–¿Lo ves, Margarita? –dije calmado–. ¿Lo oyes…? Los últimos segundos de amor por ti. Salen lentos. Los siento salir. Salen. Ah…, se fueron. Míralos disolverse. Ya no te amo, Margarita. Ya-no-te-amo.
Esa noche envolví a Margarita con mi pañuelo y la coloqué en el bolsillo del gabán, donde había guardado los pedazos de mi corazón destrozado. En mi casa la metí en una caja de zapatos, a la que le hice agujeros pequeños para que respirara. Al día siguiente compré una jaula dorada para pájaros raros, con columpios, campanas y una bañerita. Por tratarse de Margarita, también compré muchos espejos. En el colmado adquirí alpiste, semillas de anís y galletitas. Coloqué la jaula en la pared de la izquierda de mi sala, al lado de la ventana.
Ahora, cuando recibo visitas, la espantosa pájara sin alas es siempre el centro de atención. La gente es cruel. Algunos han dicho que la criatura es un monstruo, un simulacro de pájaro, y que debería morir porque no tiene alas. Lo han dicho al frente mismo de Margarita, en su cara.
Otros visitantes –los amantes de los animales, los ecologistas, los vegetarianos– han llegado al indelicado descaro de preguntarme si fui yo quien le cortó las alas. Pero no me ofendo jamás. Comprendo que estas personas –dichosas, en verdad– nunca han sufrido: nunca han conocido, como yo, la perfecta congoja de aquel que está de rodillas, solo, desconsolado, en medio de blanquísimos escalones de mármol frío… recogiendo uno por uno los tibios pedazos de un corazón destrozado.
No te olvido….
Y es que el paso por Honduras me dejo un poco traspuesto, quizas porque no he legado a comprender como un pais tan rico en personas y humanidad, tan hermoso en paisajes y cultura puede llegar a ser una carcel todo El en su conjunto. Vivir en Honduras durante un mes y medio ha sido un poco complicado y me ha devuelto a una realidad de que vivia tal vez en un sueño…..
No poder salir de tu Hotel a andar por la calle, a correr, biciclear o simplemente a merendar por medio de que te atraquen o te secuestren es duro, muy duro, y por mucho de que los mismo Hondureños que conocí, maravillosas personas, me digieran que no era tan malo, aun no les llego a creer.
Tener que estar durante un mes y medio con un escolta, que pasa a ser tu mejor amigo es complicado…
Todos al final me llevaron a una conclusion, …. esta politica de estos siglos no es un oficio, es un argumento de corrupción que dirigen al pueblo a estar entretenido en hacer que sufran para que se evadan de las ideas de que sus politicos viven bien y enciman quieren lo mejor para su pueblo…..
En Honduras me acorde todos los dias de una peli que me conmovió y que siempre la tengo en mi mente y que ahora, he llegado a comprender la gran realidad de la historia:
http://www.youtube.com/watch?v=MyGVRfNxdJg
Pero ahora, …hoy, despues de venir de correr uno de los trail run mas libre del mundo en casi los Alpes franceses me he dado una reprocha a mi mismo por dejarme olvidar de lo que vivi hace apenas dos meses…. Honduras no te olvido ¡¡¡¡
Seville in bike

Encuentro de escalada…..2013

Aprendiendo a ser feliz …
Aprendiendo a ser feliz ….Cosas que pienso cuando corro por la noche.
Soy un pobre Loco, que es de los sitios donde ha estado,
Soy un pobre hombre que sufre el viento que le ha rozado,
Soy un viejo cobarde que corre cuando nadie le persigue,
Y soy un rico humano que saborea la noche cuando el silencio le mire.
…
He sido un rico surco de huellas en las piedras y en la arena,
He sido un joven que corría de pequeño delante de su madre,
He sido una historia de amor de amantes que caminaban,
Y había sido un animal que ahuyaba cuando la puerta se le cerraba.
…
Seré un caballero cuando corra y ayude al que no ganaba,
Seré un honesto cuando asuma que correr me achantaba,
Seré un futuro si algún día me vea corriendo por el Himalaya,
Y viveré feliz si supiera que esta noche rodaré con la luz de la estrellada.
(Zurich)






